Un verdadero compromiso

No quiero ser alarmista, pero me atrevo a decir que hay una crisis ética en el mundo. El periodismo, por supuesto, no se escapa de este problema. Lo veo casi a diario, en mi ejercicio profesional, en mis clases con estudiantes universitarios, en el reporteo.

¿Cómo hacer un mejor periodismo? Es una pregunta que me ronda constantemente. No es fácil, porque tenemos que interpretar hechos, aplicar la hermenéutica, confiar –a veces ciegamente– en el testimonio de un tercero o de una fuente que parece confiable y fidedigna. El periodismo de excelencia toma tiempo. Esa es una premisa que siempre recalco. Una obra de arte que no se consigue en una tarde. A los renacentistas, por ejemplo, les tomó más de un año conseguir frescos inspiradores, de belleza sempiterna.

Entiendo que la contingencia nos empuje en esta vorágine informativa y que además sea nuestro deber informar segundo a segundo lo que ocurre en el planeta. Eso no está en discusión. Es nuestro deber satisfacer el derecho a la información. No obstante, hay que tomar ciertos resguardos.

Los periodistas necesitamos una formación ética sólida. Tenemos que forjar buenos principios, valores indestructibles, que no declinen ante la primera tentación. Para eso, hay que comprometerse de por vida con esta carrera. Hay que hacer un juramento con esa verdad que buscamos. No podemos permitirnos el engaño, las falsas interpretaciones, el plagio, la búsqueda del reconocimiento personal por sobre el rol social.

Asimismo, creo que no estaría mal, al contrario, sería buena idea que los colegios o agrupaciones de periodistas del mundo comiencen a regular el comportamiento ético de sus profesionales. Es decir, que exista una especie de registro de aquellos periodistas que falten a la ética, que omiten la información a sabiendas, que difunden falsedades, que no son rigurosos con la verdad, que la dejan a medias, incompleta, incluso a propósito. El trabajo periodístico es uno de los más expuestos. Por tanto, debe ejercerse con mucha responsabilidad. Esto nos permitirá detectar cuáles son nuestras principales fallas o vicios en el ejercicio y nos alienta, por cierto, a hacer un mejor trabajo.

 

Periodismo alternativo o un intento por hacer las cosas diferentes y no quedarse en el pasado…

¿Qué es ser alternativo?, ¿acaso es romper esquemas, innovar? Yo diría que el periodismo alternativo es un intento por hacer las cosas diferentes y no quedarse tanto en el pasado. Es avanzar a grandes pasos. Es ir en la búsqueda de historias que remezcan la conciencia. Es autogestionar, sin esperar a que un otro o la gran industria haga el trabajo por ti. Es moverse las 24 horas del día. Es pensar constantemente en la mejora de la profesión. Es querer lo que haces, sin quejarse por futilidades.

No lo negaré. A veces, es una tarea agobiante, pero revitaliza el espíritu (siempre). Un elíxir, sin duda, para las nuevas generaciones de periodistas, que comienzan a ver que esos viejos postulados del periodismo se derrumban, porque hoy vivimos otra era, una que ofrece miles de oportunidades, pero también grandes desafíos.

Por eso, ser alternativo es una opción viable en el periodismo. Hay que comenzar a pensar en buenas ideas desde los inicios de la carrera. ¿Cómo contribuir desde espacios “underground” que el periodismo nunca antes consideró?, ¿cómo aportar desde lo heterogéneo?

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Copyright Natalia Messer

Primero, hay que tener una formación ética sólida. Esto es fundamental en el periodismo, porque sin esta base, las probabilidades de perderse en el ejercicio son, francamente, muy altas. Sin valores y ética nos arriesgamos a ser monigotes. Segundo, hay que comprometerse con causas. Esto no quiere decir que seamos activistas o nos involucremos en política, sino que tengamos claro nuestro rol en la sociedad. “Mejorar la salud, la educación y la integración”; esas son máximas que el periodismo debe perseguir y plasmar en su quehacer. No tenemos que caer en un fundamentalista o exacerbar los postulados, pero sí tener claro que lo comunicado debe ser un aporte y no un mensaje insulso/confuso. Tercero, hay que autogestionar todo el tiempo. La industria está cambiando o ya cambió. El modelo de negocios no funciona como lo hacía antes. Los monopolios están cayendo como piezas de dominó y hay puertas desconocidas que se están abriendo en el periodismo. Esas puertas no llevan al vacío o dimensiones desconocidas, como creen algunos pesimistas. Más bien son oportunidades, ¡y afortunados son todos aquellos que las están identificando a tiempo!

Es vital, por eso, aprender a idear proyectos, también a defenderlos si la pasión se mantiene a buenos niveles. Si una historia no es viable para un medio, entonces lo será para otro. Si hay un tema que siempre se quiso investigar, pero no se halló respuesta en la redacción más cercana, entonces hay que buscar por cuenta propia el lugar idóneo. ¡Basta de quejas sin sentido!

Por último, y no menos importante, hay que salir de cacería, para encontrar mejores y más historias. Algunos relatos comienzan a aburrir. También los lugares comunes y esos mismos personajes de siempre, algunos sin mérito alguno. No. Un rol social claro, bien definido, permitirá encontrar mejores historias. Una ética sólida nos dirá de inmediato qué es bueno y qué es malo, pero eso se cultiva desde los inicios de la profesión.

El periodismo alternativo viene a refrescar la profesión.  Es una opción siempre presente, una estrella titilante que las mentes visionarias avistan con facilidad. Es, además, una razón para enamorarse de nuestra profesión, en algunos casos, para reencantarse y, por cierto, para valorar mejor nuestro quehacer. ¿Si no comenzamos nosotros a hacerlo, entonces cómo esperar a que el resto se interese en nuestro trabajo y demandas? ¡!

Panamá, la joya caribeña

No me acostumbro a las altas temperaturas, mucho menos a la lluvia caribeña que me recuerda a estar bajo el grifo de la ducha. De donde vengo hace mucho frío y cuando llueve no es precisamente caluroso.

Panamá me recibe con 30 grados de calor y lluvia torrencial a media tarde. Para ser honesta, el país me sorprende desde el primer momento, y no solo desde el punto de vista del clima, sino también por su desarrollo humano e infraestructura que salta a la vista. Panamá es la atractiva joya del caribe.

¿Y qué hago en Panamá? Periodismo, nunca turismo (rimó sin querer). En este país aprendo más sobre cambio climático y financiamiento. Un tema “candente” del que muchos comienzan recién ahora a preocuparse. De igual forma, espero que los medios y periodistas también empecemos a tomar nuestras plumas, cámaras y micrófonos porque la señal de alerta está en rojo incandescente.

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Coastway, Panamá. Copyright Natalia Messer.

En la Ciudad del Saber, una antigua base militar estadounidense, conozco a colegas latinoamericanos. Todos están interesados en cubrir temáticas medio ambientales y su espíritu hacendoso brota por sus poros. Es increíble encontrar a otros periodistas apasionados y comprometidos con su rol social. Definitivamente, el periodismo es más que contar historias y esta experiencia me ha enseñado aquello. Hasta hace algunos años tenía la noción de que informar era la clave, pero ahora siento que debo hacer un esfuerzo y entregar un elemento extra a mis historias. Creo que comprometerse con buenas causas no es algo malo (no cayendo en el activismo, claro). Al contrario, podemos interferir en decisiones importantes y ser un motor de fuerza para la ciudadanía.

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Ciudad del Saber. Copyright Natalia Messer.

Periodismo del futuro

Además de aprender sobre cambio climático y su financiamiento, también hay un espacio para aprender sobre el periodismo colaborativo. Definitivamente este el periodismo del futuro. Se acabó el lobo estepario y la búsqueda de la exclusiva para el reconocimiento y la fama. Si queremos construir periodismo de calidad, entonces hay que apostar por el trabajo multidisciplinario y eso se traduce en trabajar con otros, de la mano, sin darse codazos para ir en la búsqueda del bien común. Al final, eso es lo que aspiran las sociedades. Entiéndase el bien común en la concepción moderna.

Los periodistas tenemos que aprender a trabajar en equipo. A veces, siento que las escuelas de periodismo, especialmente en Chile, se enfocan demasiado en la obra individual, en el sello personal de los reporteros. No está mal tener un estilo, pero no debemos caer en los excesos.

Un ejemplo de exceso es la televisión chilena. El periodista parece casi el protagonista de la noticia. Se aparece varios segundas en su nota, incluso utiliza un acento extraño para leer la voz en off y al final cierra el despacho con su rostro y nombre. Me parece francamente un exceso. ¿Por qué no mejor utilizar esos segundos o minutos extras en conseguir mejores imágenes o quizás otra entrevista que aporte profundidad? La gente no es idiota. Sabe que detrás de una nota periodística está el trabajo de un reportero.  En fin, pienso que si nos centramos más en el trabajo en equipo vamos a poder compartir mejor los roles y, en definitiva, el resultado será un trabajo completo, en profundidad que sin necesidad de hacer aspavientos será reconocido por la gente.

En Panamá, aprendí que el periodismo colaborativo puede cambiar vidas de millones de personas. Ejemplos de trabajos en esta línea hay cientos. El mismo Panamá Papers es toda una demostración de que los periodistas no somos superhéroes y no podemos con todo,  por tanto, la unión hace la fuerza.

La investigación, el manejo de datos a gran escala o el reciente “periodismo estructurado” vienen muy bien con el reporteo colaborativo. Los periodistas tenemos que desafiarnos a dejar de lado esos egos e individualismos en pos de un producto de calidad para las exigentes audiencias.

 

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Canal de Panamá. Esclusas de Miraflores. Copyright Natalia Messer.

La grúa

Debo resaltar que como reportera no puedo ir a un lugar sin antes haberlo examinado casi en profundidad para ver qué puedo reportear desde allí. No me quedo tranquila sabiendo que pude estar en un lugar que tenía una historia maravillosa.

Panamá no fue la excepción. Semanas antes de viajar me puse a leer sobre este país que tiene una de las obras de ingeniería más fascinantes del planeta. Me refiero al Canal de Panamá, el que por cierto tuve la oportunidad de conocer. En el sector de Gamboa, una localidad a 30 minutos de la capital panameña se encuentra una grúa de 112 metros de altura y que pesa 5.000 toneladas. Su nombre es Titán y fue construida durante la II Guerra Mundial por encargo del régimen nazi.

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La construcción del Canal de Panamá. Esclusas de Miraflores.
Schwimmkran Titan Panama 2 Copyright Natalia Messer
Grúa Titán Copyright: Natalia Messer

Se trató de 4 grúas o joyas de la ingeniería que Adolf Hitler mandó a construir. Para cuando acabó la guerra, los aliados se repartieron estas mega estructuras. La grúa Titán estuvo casi 50 años operando en Long Beach. En 1996 se trasladó al Canal de Panamá, donde opera hasta el día de hoy. Para conocer la historia con más detalle, dejo aquí un enlace de un artículo que escribí para Deutsche Welle (DW).

https://www.dw.com/es/tit%C3%A1n-la-gr%C3%BAa-nazi-del-canal-de-panam%C3%A1/a-46529975

https://www.dw.com/es/un-trofeo-de-la-ii-guerra-sobre-aguas-caribe%C3%B1as/g-46531631

Panamá fue, sin duda, una caja de sorpresas. Desde su canal, sus gorras, molas (arte textil tradicional) y su particular fauna, como los monos tití, el jaguar y el águila arpía, un ave rapaz que se caracteriza por su gran tamaño.

Mi visita a este país caribeño me abrió los ojos, pero no solo desde una perspectiva turística, sino más bien periodística. Hoy más que nunca creo en esta nueva forma de hacer periodismo. Siento que es una especie de revolución, tal como lo fue la Bauhaus en su tiempo para algunos arquitectos y diseñadores. Es una nueva forma de trabajo; una metodología que se desliga de prejuicios y estructuras arcaicas para ir en la búsqueda de un bien superior.

 

 

 

 

New-fast generation

athletes running on track and field oval in grayscale photography
Photo by Pixabay on Pexels.com

We are people demanding fair rights. We want to achieve our goals, and immediately. There is no time for jokes and pauses. This is like a marathon, and sometimes there is no place for deep thoughts.

I could say a lot of things about this new-fast generation. I could write first about the positive side, which is, of course, this remarkable spirit of doing whatever you want and to make true all kind of crazy dreams no matter, no cost. People are doing things and want to act. They expect to leave a footprint in this complicated but wonderful world.

“Action” is a good word that this generation knows very well. But wait a moment…this may be also a misunderstood It is OK if we are competitive people and we are achieving all kind of objectives in life. What is wrong is the way we want to do it. People need to learn about the process. Everything requires a process, a step by step. A good way of catching knowledge is experimenting with the process.

So, add please a word in the vocabulary of the new-fast generation: patience.
I truly believe people are changing the world with increasing demands that in the past were silenced and even censored. I clap my hands to all these women who are struggling against the gender violence; to all indigenous people who are also demanding for more cultural and territorial recognition, and to everyone who is able to act.

 

 

The Day of the Dead in Cornelius City (USA, State of Oregon)

 

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Copyright Natalia Messer (11.01.2017, Cornelius City, State of Oregon, USA).

 

A colorful holiday

The Day of the Dead is a festive holiday celebrated in Mexico between October 31st and November 2nd. On this colorful holiday, Mexicans families remember and honor their deceased loved ones. In Mexico, most of the people visit cemeteries, decorate the graves and spend time there, in the presence of their deceased friends and family members.

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Copyright Natalia Messer (11.01.2017, Cornelius City, State of Oregon, USA).

Decorated altars

The families prepare decorated altars with sugar skulls, often with the person’s name inscribed on the top, and some food, such as beans and corn. The belief behind this holiday is that spirits came back to the world of the living just for one day of the year to be with their families.

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Copyright Natalia Messer (11.01.2017, Cornelius City, State of Oregon, USA).

Painted Faces

Yellow, white, red, purple and so more! Day of the Dead is known for its vibrant colors, symbols and also painted faces. This photo is part of a Day of the Dead’s celebration in Cornelius city.

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Copyright Natalia Messer (11.01.2017, Cornelius City, State of Oregon, USA).

Popular symbol

The skulls have become popular symbols and are created to resemble the deceased. Family, friends, and neighbors consume later these sugar skulls when the spirits have gone.

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Copyright Natalia Messer (11.01.2017, Cornelius City, State of Oregon, USA).

The bread of the Dead

“Pan de Muertos” is typical bread made especially for the season with cempasuchil (marigolds), which flower at this time of year and provide a special smell to the decorated altar.

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Copyright Natalia Messer (11.01.2017, Cornelius City, State of Oregon, USA).

Like Halloween?

Day of the Dead and Halloween are based on the idea that the spirits return at that time of the year. However, these holidays are distinct. In the first, spirits are welcomed as part of the family, whereas in the second celebration the spirits are malevolent.

Little Angels

On this holiday there is also a belief about the little angels (called in Spanish angelitos), spirits of babies and children who have died. It is said that these “angelitos” arrive on October 31st at midnight, spend an entire day with their families and then leave this world.

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Copyright Natalia Messer (11.01.2017, Cornelius City, State of Oregon, USA).

Dancing with the Dead

During the ceremony, people perform traditional dances. The dancers are usually dressed in indigenous get-ups, such as headdresses and body paint.

 

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Copyright Natalia Messer (11.01.2017, Cornelius City, State of Oregon, USA).

Feathers

Feathers of many colors are part of this old costume indigenous tradition.

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Copyright Natalia Messer (11.01.2017, Cornelius City, State of Oregon, USA).

Ancestral sounds

In the ceremony the dancers play music. Some dancers are playing instruments that accompany it, like drums and flutes.

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Copyright Natalia Messer (11.01.2017, Cornelius City, State of Oregon, USA).

The “Copal”

A girl is burning an aromatic resin called Copal, which was used in the past by the cultures of pre-Columbian Mesoamerica. Copal is still used by indigenous peoples of Mexico and Central America as incense, during sacred ceremonies.

This photo report was published on KBOO Radio (Portland, OR, USA):

https://kboo.fm/blog/61528

Portland, ¡qué freak eres!

Portland me sorprendió. Es curioso, porque no parece ser “el destino turístico” cuando vas de visita a los Estados Unidos. Y para ser sincera nunca imaginé que esta ciudad podría ser tan interesante. Eso sí, mi estadía me ha dejado con dos impresiones, una buena y una mala.

Primer día en Portland, domingo, con temperatura baja, pero completamente aceptable. Incluso con poca ropa se puede pasear con agrado por el exterior. Está fresco, porque el otoño ya llegó, pero ese quizá es un punto extra. El paisaje da para la inspiración y las fotografías sin flash.

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El Estado de Oregon está rodeado de naturaleza. El río Columbia en la foto. Copyright Natalia Messer.

El comercio se concentra en Morrison, Alder, Broadway, Oak, y Washington Street. Son las principales avenidas de Portland. Allí está el “centro” o “downtown”, porque toda la periferia es más bien rural. La ciudad es liberal. La gente muy informal en su vestir (casi siempre ropa deportiva y casacas Columbia) y la tendencia política está cargada a la izquierda.

El primer día me pasan eventos graciosos. La gente es muy amable, pero a veces llega a resultar extraño e incómodo. Un tipo me detiene en la calle y me dice que le dé mis cinco (mi mano). Lo hago y me responde, aunque él sólo cuenta con cuatro dedos, pues el quinto desapareció; lo perdió por razones que desconozco. Me río. Nos reímos. Sigo mi camino.

Luego me encuentro buscando bus. Mientras espero, llega un recorrido con número distinto, que no me sirve. Entonces el chofer me aprecia confundida. Se baja del bus y  me pregunta hacia dónde voy. Le digo la calle específica y me dice que estoy en la parada equivocada. Me da las indicaciones, y de pronto, se sube nuevamente al bus, agarra un ticket y me lo regala. “Enjoy Portland o disfruta Portland”, me dice. Me siento privilegiada. Me ahorré 5 dólares, que es lo que cuesta un ticket del día y que te permite usar los servicios de bus, tren y tranvía por todo Portland (el sistema de transporte es fantástico y llega a dar envidia si lo comparo con Chile). La gente parece muy amable con los visitantes y siento ese cariño más rural. Muy diferente a lo que se vive en una ciudad grande, como Washington D.C o Santiago, donde eres una cabeza más y tienes que ir aceleradamente por la vida, sin siquiera mirar la cara del otro.

 

Mi visita de domingo es especial. Estoy en el museo Peculiarium (http://www.peculiarium.com/), donde me encuentro con toda clase de rarezas. Desde zombies, monstruos hasta paletas con insectos y gusanos reales para comer. Es el lado freak de Portland. Un lado que también se ve en las calles, en su gente, en sus gustos peculiares.

Pero esa es sólo una impresión. El lado freak y divertido. Quedarse con eso sería poco. Hay que conocer y averiguar de todo. Lo bueno y lo malo. Eso es lo que los periodistas tratamos de hacer, al menos yo. Tampoco puedo hablar por todos, pero es un ideal que se aprende mientras se trabaja/aprende en esta dura y difícil carrera.

Las calles de Portland me generan un poco de tristeza. La gente duerme y se muere en las calles. Esa es la triste realidad.

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No es raro encontrarse con carpas instaladas en el centro de Portland.  Copyright Natalia Messer.

Hablo con algunas personas que viven y son de esta ciudad. Me dicen que es un problema que se viene arrastrando hace bastante tiempo y que puede estar conectado con la droga. Eso está matando a las familias y lleva a las personas a tocar fondo, y en definitiva, a abandonar sus hogares.

Es común que en Portland llueva con frecuencia. De hecho, eso es algo que me apena. Saber que mientras yo estoy en un hotel, con varias comodidades, un grupo de personas pasa la noche en la calle, mojándose, con frío, quizá con pena y sin esperanza.

Me asombra ver tantas personas sumidas en la droga. Algunos van desorientados por las calles; otros gritan fuerte, de repente, y de la nada. En la calle Broadway paso algunos sustos cuando se acercan personas a gritar cerca de mí. Estoy siempre mirando con atención. Trato de no llamar la atención y pasar desapercibida como una más.

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Esta es la radio KBOO, un medio independiente que se sustenta de la colaboración ad-honorem. Copyright Natalia Messer.

Cuando amanece todo parece mejor. Un nuevo día, algo más por conocer. Porque después de ver la triste realidad de las calles de Portland, quiere conocer el lado bueno, alguna acción bondadosa, algo de lo que uno pueda hablar con orgullo después.

Entonces aparece KBOO Radio (https://kboo.fm/), un medio independiente que se sustenta de la colaboración desinteresada. Aquí me encuentro con jóvenes, adultos y personas mayores, todos con una causa en común: dar voz a los que no pueden ser escuchados por los grandes medios.

Me impresiona estar en una redacción de habla inglesa. Es algo que a mí me llama la atención, sobre todo del punto de vista idiomático. La forma de trabajo diría que no es muy diferente a la de un medio latino o medio alemán. Está muy presente y jerarquizada la figura del editor, el productor y los redactores. Lo que me encanta es que acepten mis ideas. Eso no se ve en todos los medios, que tienen siempre limitantes, censuras. Veo además que los chicos de la radio dedican mucho tiempo por sacar sus noticias. Hay un trabajo serio, dedicado ¡y con pasión!

En KBOO también hay espacio para los programas en español. Antes de ir a Portland tenía la idea de que el estado de Oregon no poseía una gran cantidad de latinos, como lo es en Los Ángeles o Miami….pero si bien la población hispana es más baja en este lugar, la presencia latina sí se hace sentir. Por eso, no es raro encontrar a personas como Ivonne Rivero y Luna Flores, que tienen sus propios espacios dentro de la emisora y se acercan a esa comunidad latina que a veces se puede sentir sola, pero que ya con sólo escuchar voces en español, imagino lo que deben sentir; la alegría que los embarga. Seguramente es un aliento fresco para ellos. No se sienten solos.

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Día de los Muertos en Cornelius, Estado de Oregon. Copyright Natalia Messer.

Los latinos no están solos. Se reunen y especialmente en fechas especiales. Como el Día de los Muertos, que se celebra el 1 y 2 de noviembre en México, pero también en los Estados Unidos. A una de estas celebraciones asisto, en la ciudad de Cornelius, del estado de Oregon, que queda como a una hora de distancia de Portland.

Cornelius exhala México. Está rodeada de restaurantes latinos y el español parece ser el idioma oficial de la ciudad. En la celebración aprovecho de conocer un poco más de la cultura mexicana y estas mezclas únicas que se generan cuando se interactúa con otras culturas, en este caso la de Estados Unidos.

Una fiesta llena de colores, comida y donde se rinde culto a los muertos. Luego aparecen los bailes indígenas y el ambiente se empapa de Copal, una resina aromática ancestral que los pueblos originarios han usado por siglos.

Para saber más de la celebración y ver fotos de mi autoría, aquí comparto un enlace con un fotoreportaje para KBOO Radio sobre el mismo tema (https://kboo.fm/blog/61528).

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Portland regala cielos colorados, que dan ganas de plasmar en el lienzo, si uno fuera Van Gogh. Copyright Natalia Messer.

Cuando me voy de Cornelius siento que dejo un país de Latinoamérica para saltar a una ciudad más europea, como lo es Portland. Una ciudad donde la ropa casual predomina y donde las cervecerías artesanales abundan incluso más que en Köln, Alemania. Eso me sorprende y hago la prueba. Una jarra de cerveza con plátano, frambuesas y otros frutos rojos. ¡Una delicia! Sorprendente. Si se va a Portland hay que probar una cerveza. Eso está en la lista. Y mejor descartar las donas, que no son nada saludables y en esta ciudad las hacen grasosas y groseramente grandes.

Pero la comida internacional también está presente. Si en Cornelius me impresioné con los tacos, tamales, en Portland la variedad gastronómica también deslumbra. Desde una pupusa salvadoreña, hasta comida china auténtica que mezcla en exceso lo dulce y lo picante.

 

Esa mezcla cultural es quizá la riqueza de un país tan gigante como Estados Unidos. Aunque no todos ven riqueza….Y ese es otro capítulo de mi aventura. Un tema que como reportera me interesa tiene que ver con el programa DACA. Los Dreamers, esos jóvenes que llegaron en la década del ’90 a los Estados Unidos, siendo niños, están preocupados. También están hastiados. Con el anuncio del Presidente Trump, de terminar el programa DACA, el temor crece en la comunidad latina. Este beneficio le permitió a más de 700 mil jóvenes, la mayoría mexicanos, optar a un permiso de trabajo. Considerando que la mayoría ha estudiado en Estados Unidos; su dominio del inglés es incluso, a veces, mejor que el español, no parece menor la preocupación que los embarga.

Por eso, en un viaje a Hillsboro, un suburbio a una hora de Portland, conozco a cinco jóvenes o Dreamers que me dan su testimonio. Las historias de Liliana, Fox, Ignacio, Jhoanna y Petrona requieren ser más escuchadas, y no sólo por latinos. Es la única forma para que su lucha pueda ser comprendida, y lo más importante, que logre encontrar una pronta solución.

Me impresiona escuchar la palabra racismo. Algunos latinos me comentan que han vivido episodios de racismo en los Estados Unidos. Me cuesta comprenderlo, porque yo no lo he vivido, pero luego escucho…y son sutilezas. Algunos podrían decir que es exagerado, pero para estas personas es un peso, un sufrimiento por las noches, un nudo en la garganta.

Me dicen que el color de la piel importa. Si eres blanco te tratan distinto. Si eres de piel oscura cambia el panorama. Y luego me recuerdo de que estoy en los Estados Unidos, el país de la oportunidades; el país cosmopolita. Pero tan sólo escuchando estas historias me doy cuenta de que no es tan así. Parece un mito. Y recuerdo las palabras de Juan Rogel, fundador y lider de la agrupación Milenio.org, que ayuda, y sobre todo en estos temas, a la comunidad latina residente en los Estados Unidos. “En México era más americano que estando en los Estados Unidos”, me dice Juan.

 

Entonces siento que en parte tiene razón. Uno construye mitos desde Latinoamérica. Por ejemplo, el “clásico sueño americano”, y que películas de Hollywood también alientan, es eso…un sueño, por eso hay que tener claro que no todos los sueños se realizan. Algunos se quedan sólo en utopías. Y los que se cumplen, pues tienen un largo historial de sacrificio por detrás. No ha sido fácil, sobre todo para la comunidad latina, que ha debido hacer el trabajo más duro en los Estados Unidos.

Allí están los latinos, trabajando en granjas, hoteles, restaurantes, empresas de aseo, cuidando niños…En fin, no ha sido fácil. Las personas latinas que conozco en los Estados Unidos son fuertes; tienen las ideas claras, pero guardan consigo una pena que me traspasa la epidermis. Quizá es el anhelo de que algo mejore en sus países de origen, quizá es el anhelo de volver a ellos, porque no quieren envejecer y morir en los Estados Unidos. Al menos no todos con los que hablé.

Y sobre los Dreamers hice algo también para KBOO, que recoge parte de los testimonios de una generación que está dando que hablar y que necesita ser más escuchada en los medios de comunicación. Aquí para escuchar (en inglés):  https://kboo.fm/media/61650-hillsboro-dreamers-adjust-life-after-daca

 

Al final del día pienso que Portland es un 50 por ciento freak y desinhibida, como lo muestra la serie de TV Portlandia, y otro 50 por ciento tradicionalista y conservadora. Algunos podrían decir que no es una mala combinación, porque junta dos polos…la verdad, hoy no quiero juzgar.

¡Del Terror! Me quedé atrapada en un campo de concentración en Alemania…

El título lo dice todo. Los títulos deben decirlo todo en el periodismo. Sin embargo, quisiera profundizar en los detalles, porque esta historia se transformó en ese tipo de anécdotas que siempre termino contando, después de una larga conversación.

Febrero de 2014, domingo, Berlín, barrio Alt-moabit, calle Gotzkowsky. En una luminosa habitación me encontraba planeando mi típica excursión de fin de semana. ¿Qué podría hacer un domingo en Alemania? Las opciones eran muchas, pero la decisión se tenía que centrar en un solo lugar. Al otro día había que estar muy temprano en la redacción de la Deutsche Welle, cumpliendo con el deber reporteril.

Cuando Sachsenhausen apareció en el mapa lo dudé un poco. No quedaba tan cerca de mi dirección y el lugar estaba cargado de emociones fuertes. Es que visitar un campo de concentración, que hoy es museo, y donde murieron más de 30 mil personas, no parece del todo fácil.

Pero me decidí finalmente y comencé a arreglarme. Tomé lo necesario: cámara, pañuelos, agua y billetera. Ya estaba emocionada para entonces. Qué mejor que conocer el campo para entender y vivir un poco más de cerca lo dramático y lo mal que nos hacen las guerras. Con determinación llegué al Hauptbahnhof y allí compré mi ticket destino a Sachsenhausen.

El tren demoró más de lo previsto, pero los paisajes no me aburrían. Eran extasiantes y aún recuerdo el amarillo de las flores que cubrian grandes extensiones de tierra. La producción a gran escala, las máquinas, el ingenio alemán. Todo estaba resumido en una imagen, como recién salida de un taller de pintura.

Imaginé el horror

Cuando llegué al poblado de Oranienburg supe que estaba más cerca que nunca. La Todesmarsch (la marcha de la muerte) se iniciaba. El día estaba soleado y corría una brisa fresca. Mi caminar era lento. No quería perderme de nada. Por eso miraba con fijación las casas, las personas y alguno que otro animal que se asomaba por la ventana de las ordenadas viviendas. Había algo de tristeza y melancolía en ese barrio. Y claro, a pocos metros se encontraba un ex centro de exterminio nazi, que luego paso a manos de los soviéticos, para cuando los alemanes ya perdían la II Guerra Mundial.

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Entrada principal Sachsenhausen. Copyright Natalia Messer

No sé si fue sugestión, pero la bienvenida a Sachsenhausen estuvo cargada de emociones. Principalmente sentí pena y un peso sobre mis hombres que aún no logro explicar. Y si pudiera gráficar la sensación, sería como cargar un saco de harina en la espalda.

Luego vino la garganta. Se apretó. Me costaba tragar la saliva. Un grueso nudo se instaló allí y no había forma de arrancarlo. Y aunque tragué grandes bocanadas de aire frío, no hubo caso. Fue incluso peor. La garganta estaba colapsada.

A pesar de estos síntomas tuve que hacer el recorrido por el campo. Una retorcida bienvenida me dejó pensativa. ,,Arbeit macht frei” (en castellano “el trabajo los hará libre”) decía la puerta de entrada. Se vino a mi cabeza toda la historia de la guerra, el plan nazi, los aliados, y lo peor, la muerte.

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La entrada al campo de concentración Sachsenhausen. Copyright: Natalia Messer

Logré imaginar ese paisaje repleto de personas, trabajando duro, con la esperanza de salir de ahí, vivos, casi intactos. El canto de los pájaros se confundió con los balazos que escuché en la zona de ajusticiamientos. El peor lugar y donde me sentí más apesadumbrada.

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Fotografías de algunas víctimas que sufrieron en este campo. Copyright Natalia Messer

Luego vinieron los pabellones: fríos, oscuros y tenebrosos. Un verdadero laberinto, de donde cuesta salir. La zona de duchas me dejó petrificada. En el pasado los imaginé a todos amontonados, como animales, mirando por esas escasas y pequeñas ventanas los haces de luces.

 

 

Mis fotos no fueron tan buenas. La cámara la dejé automática, porque a esas alturas no quería mirar los botones y ajustes. Estaba en un lugar que fue construido por los nazis en 1936 y donde se exterminó a opositores políticos, judíos, gitanos, homosexuales y posteriormente también a los mismos nazis y cercanos al III Reich.

Ya es tarde

Para recorrer el campo de Sachsenhausen y el museo se necesita, mínimo, de dos horas. Es más que un recorrido; es una experiencia, y por eso hay que organizarse bien para conocerlo. También hay que estar preparado. No lo recomiendo a personas con depresión o que pasan por un cuadro de angustia. Yo, que me considero fuerte, tuve que enfrentarme a la pena repentina, la cual no llamé. Se apareció sola y costó que se fuera.

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El campo de concentración es hoy un museo. La entrada es liberada. Se necesita de tiempo para recorrerlo. Copyright Natalia Messer

Además, para cuando me quise ir, vino lo peor. Antes de dejar el campo noté la escases de turistas, pero eso no me alarmó. Estuve por más de dos horas recorriendo el lugar y cuando vi el reloj, o sea las 7 de la tarde, me di cuenta de que era prudente regresar a casa. El tren iba a demorar y tenía que dejar todo preparado para el lunes.

Entonces guardé mi cámara en la mochila y me dirigí a la puerta de salida. Apuré el paso y me encontré con la entrada principal. Un muro de cemento y una reja bastante alta, de aproximadamente tres metros. Bien, ya casi salgo de aquí, me dije. Pero no. Estaba equivocada. No iba a salir tan fácil.

La puerta estaba cerrada. Con llave. No se abría, aunque forcejeé bastante. Me puse nerviosa. La cara la sentía a punto de ebullición. Miraba a mi alrederor, buscando a alguien, pero estaba todo solitario. Me acerqué al museo central, desde donde se pueden conseguir audífonos que van contando toda la historia de Sachsenhausen. Estaba cerrado. Comencé a gritar: Hallo, Hallo, Hallo! No hubo resultado.

La desesperación aumentaba. Caminaba a un lado, solitario; caminado por otro lado, más solitario. Estaba abandonada en el campo de concentración Sachsenhausen, solo yo y mi mochila. ¿Qué podía ser peor?

Escapar, mejor que quedarse

Estaba oscureciendo. Habían pasado 10 minutos y no encontraba a ninguna persona a mi alrededor. No entendía cómo era posible que no hubiese algún cuidador o persona a cargo. Todavía me lo cuestiono y no sé si fue una broma del destino o mi mala suerte. Y aunque suene increíble no había nadie en ese momento. Era yo, el campo y esas vibras tristes que me atacaban el alma.

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Estaba sola y encerrada. Tenía que salir a como de lugar. Copyright Natalia Messer

No quería pasar la noche allí. Me pasé por la cabeza todo tipo de ideas. ¿Qué les diría a las personas si pernoctaba en una pabellón y me encontrasen al otro día?, ¿me irían a creer o me verían como una demente? Probablemente no me creerían. Por eso tenía que salir de ahí, como fuese. La única forma de salir era escalar y saltar el muro. El problema: era alto para mí, de concreto, además me podía quebrar una pierna. Un detalle que no podía evitar: andaba con falda de mezclilla y pantys. Mala combinación, al menos para el momento.

No quedó otra. Tenía y tuve que saltar el muro. Me alejé del muro y como si fuese a practicar lanzamiento de bala lancé mi mochila al otro extremo ¿Mi cámara? La había sacado y la colgué en mi cuello. No la quería romper.

Luego me acomodé y escalé sobre una especie de casita pequeña, para resguardar herramientas. Como el techo de esta casita quedaba más cerca del borde del muro lo pude alcanzar. Así, y para no caer tan fuerte, estiré mis brazos al máximo. No quería sufrir una fractura. Me mantuve un rato con los brazos acalambrados porque tenía dudas de saltar. Pero había que hacerlo. Entonces me atreví, dí un pequeño impulso y caí al suelo. Reboté bien y el trasero amortiguó la caída. Salí ilesa, aunque mis pantys no lo hicieron. Quedaron deshechas. Un pequeño raspillón quedó también como una marca provisoria de la aventura.

Luego tomé mi mochila y partí. Quería correr, entonces lo hice. La brisa nunca la sentí tan fresca. Fue un viento de libertad. Giré la cabeza hacia el campo, entonces supe que probablemente nunca más volvería.-

 

 

Un mes de Antártida (parte 2)

En la base antártica Yelcho quedé asombrada con la gran cantidad de pingüinos. Estos animales son adorables, aunque el olor que expele su mierda es muy desagradable. Mientras algunos machos se dedican a recoger piedras y  a construir “nidos”, las hembras empollan. Así va la vida allí: recoger piedras, empollar y defecar a grandes toneladas. La colonia de pingüinos es gigantesca. No puedo dejar de repetirlo, porque me asombra ver tantos. Estos parientes de los dinosaurios se hacen notar: si te acercas mucho gritan ¡y vaya que es mejor no tocarlos!, porque están protegidos internacionalmente, además, las Skuas, aquellos pájaros gigantes que habitan por allá, no dejan de mirarnos. Es que no quieren que les robemos la presa y ellos tienen hambre de pingüinos. Nosotros no.

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Una hembra su polluelo en la Base Yelcho. Copyright: Natalia Messer

Yelcho es interesante como base antártica. Tiene a mucha gente joven haciendo ciencia. Nos encontramos allá con un grupo que no supera los 30 años y que lleva en el cuerpo más de 3 meses antárticos. Me pregunto: ¿cómo se resiste a tanto?, pero luego miro los rostros de estas personas y parecen extasiados con la idea de vivir en el fin del mundo.

Mi éxtasis también es parecido al de ellos y aunque mi experiencia no sea de tan larga data. El viaje entonces sigue, siempre en el buque, y mi anhelo es sólo uno: bajar y pisar tierra blanca. Le suplico a las olas que se callen por un rato para que pueda vestirme y partir con mi equipo a zonas desconocidas para mí y para cientos, miles, millones.

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Yelcho me regala un paseo de más de una hora por una montaña de nieve. Copyright: Natalia Messer

Mi próxima parada no está programada y resulta del todo inesperada. Cuando me dicen que bajaré en la Isla Decepción de inmediato viene a la cabeza un recuerdo reciente: una búsqueda por google de islas deshabitadas donde apareció ésta, la famosa Decepción. ¡Quién pensaría que conocería en primera persona aquel lugar! Cuando llegamos a esta isla volcánica llaman la atención  de inmediato los Fuelles de Neptuno. Son una bienvenida colosal. El acceso es muy estrecho y el buque parece metido dentro de un laberinto. Todas están asombrados con estos gigantes rocosos de puntas irregulares.

6. Fuelles de Neptuno Copyright Natalia Messer
Los Fuelles de Neptuno. La bienvenida a la Isla Decepción. Copyright: Natalia Messer

En la Decepción siento un frío que quema mi nariz, orejas y mejillas. Si bien la isla no está cubierta de nieve y se ve algo de verdor, la sensación térmica es muy baja, pero una caminata de más de dos hora me hace entrar rápidamente en calor. Allí acompañamos a un grupo de científicos chilenos, también muy jóvenes. Todos se ven motivados con la idea de explorar y hacer hallazgos. En cierta forma se parecen a los primeros exploradores que pisaron la Antártica. Tienen pasión, arriesgan sus vidas, su salud pero lo hacen por un fin mayor, en su caso el desarrollo de la ciencia.

En esta isla también visito una antigua ballenera noruega que después se convirtió en una base inglesa. A primera vista impresiona ver las casas vacías. Parece un pueblo fantasma, repleto de cilindros gigantes oxidados donde se mantenía el aceite de las ballenas. ¡Qué tiempos aquellos y en las condiciones en las que se vivía! El frío debió ser costumbre.

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Las casas están vacías. Lo que alguna vez fue una ballenera noruega en la isla volcánica Decepción. Copyright: Natalia Messer.
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Vista interior de uno de los oxidados cilindros donde se guardaba el aceite de ballena. Isla Decepción. Copyright: Natalia Messer

De vuelta al buque la rutina sigue siendo la misma, pero la piel se siente fresca, porque he pisado tierra, por eso a esas alturas ya tolero el encierro y hasta lo disfruto. Las comidas se vuelven más sabrosas, sobre todo después de volver de las estaciones y asombrosas islas antárticas.

En esta aventura no nos detenemos. Nuestra próxima parada es la base antártica Arturo Prat de la Armada de Chile. Allí celebramos los 70 años de la estación con himnos, aplausos y comida. El lugar es interesante y nos regala un hermoso día soleado. A ratos me pregunto si estoy en el extremo austral. También me quedo asombrada cuando un científico chileno, el Dr. Marcelo Leppe, nos habla de la misteriosa Antártida verde, que hace más de 80 millones de años estuvo en sus orillas plagada de árboles y dinosaurios (Aquí un reportaje que hice sobre este fascinante tema: http://www.revistanos.cl/2017/03/rodeada-de-arboles-y-dinosaurios-la-desconocida-e-inimaginable-antartida-verde/).

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La maravilla de encontrarse con días así. Esto es ganarse la lotería. Copyright: Natalia Messer.

El viaje sigue y ahora el destino es la base O’Higgins. Allí se encuentra la estación militar chilena y el DLR (Deutsches Zentrum für Luft und Raumfahrt). Me cuentan que es como la “Nasa alemana”, entonces me parece interesante para averiguar más de ellos y quizá producir algo de material para medios.

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Para llegar a la base O’Higgins hay que subirse al helicóptero. El mar está repleto de hielos y dificulta el acceso a las lanchas zodiac. Copyright Natalia Messer.

En la base alemana es la oportunidad perfecta para hablar alemán y conocer lo que hacen. ¡Persiguen satélites desde allí y proporcionan información vital al gobierno de Chile, sobre todo en emergencias! (Aquí para leer un artículo sobre aquello en DW: http://www.dw.com/es/alemanes-persiguen-sat%C3%A9lites-desde-la-ant%C3%A1rtida/a-38112871).

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Una antena de 9 metros de altura recepciona y envía datos satelitales en la base alemana. Copyright Natalia Messer

Después de visitar la base O’Higgins el viaje comienza a llegar a su fin. Hay sentimientos encontrados: felicidad por haber cumplido con casi todo y tristeza por volver a la vida normal, porque aunque se pasó frío y la comida no fue tan sabrosa, se tuvo la posibilidad de conocer otros parajes que no todos pueden ver.

Comparto aquí un fotoreportaje de mi aventura en la Antártida publicado en Deutsche Welle: http://www.dw.com/es/una-blanca-aventura/g-37686959

Para un periodista visitar la Antártida es una tremenda experiencia, pero pienso que no sólo lo es para los de nuestra profesión, sino para cualquiera. De pronto la vida es muy rutinaria y es necesario tener estas oportunidades para reflexionar acerca de quiénes somos, lo que queremos y de las maravillas naturales que nos rodean.

Un mes de Antártida (parte 1)

Enero y febrero en Chile significan verano, sol, playa y vacaciones. Son los meses que más se disfruta del buen clima, porque luego se viene al aburrido marzo, que resulta en puras obligaciones, pago de cuentas… y más obligaciones.

Febrero para mí fue distinto. Cambié el sol, la playa y las vacaciones por el frío, la nieve y el trabajo. Un mes en la Antártida, el continente más seco y despoblado del mundo. El sitio paradigmático de las respuestas científicas, pero también de las filosóficas.

La aventura se llevó a cabo en el buque Aquíles de la Armada de Chile. Nos embarcamos en la ciudad de Punta Arenas un viernes 20 de enero para adentrarnos en los fiordos, el verdor y luego en las gélidas aguas que acuchillarían a los 4 minutos a cualquiera. Nadie va a sobrevivir si cae al agua, ya se advierte mucho, y desde un comienzo, en el buque.

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Una de las primeras imágenes que capté del buque Aquíles de la Armada de Chile. Copyright Natalia Messer

Pero para ser sincera el agua llama. Es como cuando lo peligroso seduce, aunque sabes que no debes ir más allá, sin embargo te guiñe un ojo. La travesía se torna, a ratos, un tanto monótona. ¿Qué hago aquí?, ¿podré aguantar todo el viaje?, ¿me voy a marear? Esas son preguntas un tanto típicas durante el viaje. Me las hago casi siempre durante la noche, mientras las aguas mecen al buque.

La temperatura comienza a bajar. De la casaca de cuero a la chaqueta térmica, el gorro y los guantes. Se avistan también paisajes increíbles, sacados de  revistas de naturaleza, cada vez que el buque se aleja del continente sudamericano y se adentra al extremo más austral del mundo. Las preguntas, entonces, vuelven a mi cabeza. ¿Estoy viviendo esta experiencia?, sí. Es como un choque con la realidad. Es tener conciencia de quién eres.

Pero el desafío no pasa solamente con el frío. Durante un mes habrá que saber convivir con gente que nunca antes viste. Es un desafío para el autocontrol. Y a ratos, todos nos encontramos con un poco de estrés. Algunos nos caemos bien, algunos nos caemos mal. Es inevitable y ni los pingüínos, el mar lleno de hielo y el cielo que vomita colores mezclados pueden interferir en ello.

Sin embargo, convivimos igual. Tenemos que tratar de evitar los motines. En el fondo no queremos dar vuelta el buque, porque la vida vale más que el regaño, la queja y los mareos que nos regala el Paso de Drake.

La comida merece un gran espacio. Siendo honesta, no es tan sabrosa, pero lo bueno es que no escasea. Se subsiste con el pan tostado y el té con canela. Para mí, las sopas nunca fueron tan sabrosas como en esta ocasión. También hay días especiales. Los viernes son de lasagna, bistec a lo pobre, hamburguesas y completos. Los martes, en cambio, el rancho de la Armada de Chile ya es tradicional: empanadas, cazuela de pollo o vacuno y de postre el mote con huesillos (un refresco tradicional chileno).

El alcohol tampoco escasea. Algunos sacan sus botellas de whisky y otros se abastecen con cerveza y vino que se vende en el bar del buque. Cada noche hay ambiente bohemio. Algunos marinos y civiles comparten una copa de vino, mientras otros cantan a desafinados gritos canciones de Eros Ramazzotti. Todos sonríen y parece el momento favorito de muchos, sobre todo de algunos hombres, que esperan acercarse a alguna una mujer para poder bailar.

El baile también está presente. Durante la travesía hay clases de salsa. Una buena idea para aquellos que quieren de alguna forma matar el tiempo, mientras el buque se encuentra en plena navegación.

Mi interés, en tanto, va por grabar imágenes en mi cabeza, porque sé que probablemente nunca más vuelva a la Antártida. Entonces, me mantengo siempre expectante al momento de pisar tierra. No me importa que para bajar del buque haya que salir por una escalera de gato que se mueve de un lado a otro. Tampoco me importa el frío de navajas que impacta en las orejas, dejándome casi sorda. ¿Qué importa en la Antártida? Ya estás ahí, lejos, cerca, moviéndote, viendo una parte del continente que ya casi no se ve.

3. Bienvenida Antártica Copyright Natalia Messer
No me importa tener que bajar por una escalera de gato para poder pisar tierra.

Cuando pisas la tierra te sientes liberado. Saliste del encierro y ahora puedes recorrer ese lugar indómito y que en un pasado, hace más de 80 millones de años, fue verde, aunque suene descabellado (en este reportaje que preparé hablo del pasado verde de la Antártida http://www.revistanos.cl/2017/03/rodeada-de-arboles-y-dinosaurios-la-desconocida-e-inimaginable-antartida-verde/).

¡Uy las pisadas! Me cuesta caminar rápido, como suele ser mi paso, porque los zapatos que tengo son a prueba de agua, entonces son gigantes, como del porte del buque Aquíles. Siento que tengo como 3 kilos extras y más la ropa, que tiene tres capas…Se vuelve imposible ser muy ágil. Pero no importa, me repito a mí misma, porque estoy en la Antártida.

La Antártida me recibe por primera vez en la Isla Rey Jorge. Estoy en la base Escudero, luego me acerco a la estación rusa Bellingshausen y visito una iglesia ortodoxa rusa que tiene su propio sacerdote (para saber más de la historia de la iglesia leer mi artículo online http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-39132688).

Palladiv exterior Copyright Natalia Messer
Palladium, el sacerdote ortodoxo ruso de la iglesia en la base Bellingshausen. Copyright Natalia Messer. 

Entonces converso con Palladium, así se llama el religioso, un hombre simpático, ruso, y que dice practicar una vida ascética. Me siento un poco mal cuando comenta que hay que evitar las fiestas, los bares y las discotecas. Mi hogar temporal, el buque Aquíles, posee una disco-bar ambulante que tiene bochinche casi todos los días. Pido perdón.

Palladium me llena de regalos. Me da una manzana y un durazno, también un libro con frases que explican los principios del cristianismo ortodoxo y dos pequeños cuadros de madera con reproducciones religiosas del pintor ruso Andréi Rubliov.

Dejo por un rato esta zona habitada por chilenos, rusos e incluso chinos (hay una estación china en las cercanías). Me veo feliz porque conozco allí gente muy agradable, como por ejemplo las personas de Villa Las Estrellas. Todos están ahí por algún motivo importante. Yo también siento que lo estoy….

Nos dirigimos un poco más al sur. A lo lejos ya se avista la base científica Yelcho. Está llena de pingüínos y de gente joven que trabaja en pos de la investigación. Me avisan que soy una de las elegidas para bajar a esa estación. Me preparo. Y todo de nuevo: los zapatos gigantes, los guantes, el gorro, la grabadora y la cámara.

Continuará.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un día en Mauerpark

Fotos tomadas por Natalia Messer, Berlín, 2014.

En Mauerpark el ambiente es  de festival y bastante cosmopolita. A pesar de estar ubicado en Alemania, estando allí no identificas mucho la bandera del país, o al menos no está presente el imaginario alemán. Hay comida, música, ropa e incluso objetos de la Segunda Guerra Mundial, que se venden como antigüedades.

En las tres ocasiones que fui a Mauerpark me encontré con variada música. Por cierto, las bandas y la feria se instalan los domingos y a mí me tocó periodo estival, ¡qué mejor!

El hombre de la segundo foto tocaba la batería con mucha energía. Se hizo varios solos, hasta que llegó die Polizei y ordenó su retiro del lugar, porque estaba haciendo demasiado ruido, y al parecer los alemanes son estrictos con el ruido citadino. Aún así, le pude escuchar un rato y le tomé esa foto.

La segunda fotografía corresponde a la banda Rupert’s Kitchen Orchestra, una banda berlinesa que tiene mucho funk. Son divertidos con su puesta en escena y acostumbran a tocar en Mauerpark, pero también lo hacen en calles concurridas de la capital germana (Por ejemplo la Karl-Marx-Straße). La gente bailó ese día y yo les tomé esta foto, junto con otras más. Aprovecharon de vender su disco, el que fue muy solicitado.

Mauerpark lo recomiendo como un buen lugar para pasar el fin de semana, especialmente domingo, el día más concurrido. Y si bien está un repleto de hipsters, ¿a quién le importa?